lunes, 24 de noviembre de 2014

El hijo del hombre Por el Maestro —, a través de Benjamin Creme














Muchas personas esperan el regreso del Cristo con turbación y temor. Sienten que Su aparición fomentará grandes cambios en todos los departamentos de la vida. Con razón suponen que Sus valores alterarán necesariamente sus formas de pensar y vivir y palidecen ante semejante perspectiva. Además, tan mística ha sido la visión del Cristo presentada a lo largo de los siglos por las iglesias, que muchos temen Su juicio y poder omnipotente; Le esperan como a Dios venido a castigar a los malvados y recompensar a los creyentes. Es muy triste y lamentable que una visión del Cristo tan deformada haya impregnado la conciencia humana a tal extremo. No existe semejante ser. Para comprender la verdadera naturaleza del Cristo es necesario verle como uno entre Hijos iguales de Dios, cada uno dotado con pleno potencial divino, diferenciándose únicamente en el grado de manifestación de esa divinidad.


Que El haya logrado la plenitud de esa divinidad es Su Gloria, y muy bien podemos mostrar nuestra reverencia ante este logro. También es indiscutiblemente cierto que este mismo logro es realmente inusual. Pero lo maravilloso del Cristo para los hombres es que El fue uno de ellos. No hay nada, en las pruebas y sufrimientos de los hombres, que El no haya conocido. Cada paso del sendero que los hombres todavía recorren, El dolorosamente lo ha pisado. No hay nada, en el completo panorama de la experiencia humana, que El no haya compartido. Así en verdad El es el Hijo del Hombre.


















Pocas dudas puede haber de que si El apareciese entre nosotros sin ser anunciado, pocos Le reconocerían. Tan lejos está El del concepto general que pasaría desapercibido entre la multitud. Así es hoy entre Sus hermanos mientras El espera la invitación del hombre para comenzar Su misión. Muchos que Le ven a diario no Le conocen. Otros Le reconocen pero tienen miedo de hablar. Mientras otros esperan y rezan, con la esperanza de que sea Aquel al que no se atreven a esperar. Solamente Su Declaración ante el mundo Le situará ante la mirada y los corazones de los hombres

















Mientras esperamos ese Día de los Días, aclaremos en nuestras mentes las razones de Su regreso. Comprendamos la naturaleza de la labor que El mismo se ha fijado. Para establecer entre nosotros la realidad de Dios, El ha venido. Para recrear los Misterios Divinos, El está aquí. Para enseñar a los hombres cómo amar, y amar nuevamente, El está entre nosotros. Para establecer la fraternidad del hombre, camina una vez más sobre la Tierra. Para mantener la fe con el Padre y con el hombre, El acepta esta carga. Para anunciar la nueva era, El ha vuelto. Para consolidar el tesoro del pasado, para inspirar las maravillas del futuro, para glorificar a Dios y al hombre, El ha descendido de Su alta montaña.


















Consideremos Sus prioridades: el establecimiento de la paz; la inauguración del sistema de compartir; la eliminación de la culpabilidad y el temor – la purificación de los corazones y mentes de los hombres; la educación de la humanidad en las leyes de la vida y el amor; una introducción a los Misterios; el embellecimiento de nuestras ciudades; la eliminación de los obstáculos para viajar y para el intercambio entre los pueblos; la creación de un fondo de conocimiento accesible para todos.
Que semejante labor no es fácil, ni siquiera para el Hijo del Hombre, es evidente. Las antiguas costumbres de división y separación tienen fuertes raíces, mientras que el miedo y la superstición hechizan a millones de la humanidad. Pero nunca antes, en la historia del mundo, ha venido un Instructor mejor equipado para Su labor. Maitreya ha venido para luchar contra la ignorancia y el temor, la división y la necesidad. Sus armas son la comprensión espiritual, el conocimiento y el amor; Su brillante armadura es la Verdad misma.

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